Vivimos entre dos temblores: el de tierra y el de agua. Trentren vilú y Caicai vilú. Quizá por eso nuestro fundamento es tan efímero y precario. Vicente Huidobro escribió: «la culebra de los naufragios se muerde la cola […] Adentro de sus círculos estamos nosotros sorbidos por el abismo de la futura podredumbre […] No hay esperanza de reposo» («Temblor de cielo», 1931). Profético, Huidobro vio lo que venía: la abyección y la entropía; el naufragio de nuestra historia. El tsunami que nos arrasa y el barro que nos delata. Y así como el cineasta Patricio Guzmán ha visto una memoria en el agua (El botón de Nácar, 2015) y otra en la luz (Nostalgia de la luz, 2010), probablemente hemos pasado de largo por una de la más importantes memorias subalternas del territorio: la memoria del barro. Porque Chile, sordo a sus premoniciones y profecías, vuelve siempre a resbalar en el mismo lodo y a pisar el mismo absurdo freno, golpeándose y chocando contra sí mismo. Es una especie de fatídico programa que la existencia nos clavó dentro y del cual no hemos podido salir.
«Estábamos al borde del abismo, pero hoy hemos dado un gran paso hacia adelante» dijo Pinochet en 1973, repitiendo lo que antes había dicho Franco en España en 1939. ¿Y qué decir de los muchos que ahora en la cornisa, miran el precipicio? La poesía ha gritado esta zozobra a todo pulmón hasta quedar muda, desamparada en un país de sordos que insiste en ignorar sus señales. Ya nadie escucha a los poetas. La memoria quedó en el olvido. Excepto los 8 segundos que dura la sintonía televisiva y la atención ahora. Zumba otra vez el telúrico ruido de las urnas, necias de nuevo, con el lápiz en la mano para avanzar -con nuestros miedos y torpezas- a la ventanilla en una fila donde ni siquiera tenemos número, esquela ni boleto. ¿A eso redujimos la escritura? Ya sabemos. Pronto veremos a miles sacando el barro de sus casas o esperando a que el agua les llegue al cuello o baje para ver lo que quedó de sus hogares y vidas tras el último remezón del senado, contraloría, ejecutivo o tribunal supremo. ¿A semejante ralea abrimos las puertas?
Es el deja vú revisitándonos. La escandalosa desgracia del último terremoto político que regresa. El lopp demencial de Chile otra vez. Eterno y fruncido. Porque antes de que cante el gallo, ya nos estamos negando nuevamente, usando a la naturaleza como coartada para excusar la injusticia humana que sembramos cada mañana cuando arrastramos los pies creyendo que volamos hacia la luz. Tercamente, como polillas al fuego, sin conciencia, sin atajar el río de sangre que a raudales nos reclama que despertemos.
Pero entonces, ¿Qué hacer con este grito sin boca? ¿Dónde dejar este barro que llevamos debajo del zapato? Materia del tiempo es el barro. Suela negra memoria del futuro. Masa oscura hecha de tierra y agua, paraíso y muerte, del soltar y proseguir el camino que otros iniciaron al otro lado del pantano, pero también comarca de la placenta donde alguna vez regresamos del mañana del cual vinimos a intentar rescatarnos. Extraña y olvidada ribera cósmica, lábil tesoro al cual -sólo sin mapas- podremos llegar.
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