El Solipsismo de Cristian Warnken

Por Miguel Vera-Cifras.

El diccionario define el solipsismo como una forma radical de subjetivismo según la cual únicamente existe y puede ser conocido el propio yo, convirtiendo al ego en espejo yoico y única referencia del mundo. Se trata de un fenómeno especialmente dañino cuando el dulce encierro se une al narcisismo de clase alta y termina por asociarse a la «internacional publicitaria» de quien solo decide promover sus privilegios, gustos y caprichos personales como si fuera la única realidad social posible. Ejemplos de esta deriva abundan en la política contemporánea —Donald Trump, Jair Bolsonaro, Kim Jong-un— y revelan una profunda miopía social: la incapacidad de reconocer al Otro, ya sea asimilándolo al propio yo, negándolo, expulsándolo o exterminándolo. El “ego solus ipse” (solo yo existo) deriva así en la desaparición de la otredad, ya sea por cancelación, represión o genocidio cultural. Este desquiciamiento se expresa también en gestos cotidianos de la élite: alcaldes que, desde restaurantes de lujo, instruyen a los pobres sobre cómo sobrevivir con un dólar al día; autoridades que miden políticas públicas comparándolas con el precio de un ramo de rosas. Es la ceguera social de una elite que no ve más allá de sus privilegios, sin enterarse de los costos que para otros tiene su inocente bienestar. Algunos piensan que fue el detonante del Estallido Social de 2019. Viviendo en Vitacura y viajando a su «casa administrativa» en Llanquihue, hay un escritor que prefiere caminar y andar en bicicleta en vez de usar limusina, una opción que efectivamente tiene por más que lo esconda. Lo que hace el solipsismo de Cristian Warnken es revelar la brecha cultural, histórica y política que nos agrieta como país. Una «grieta» existencial que no es un invento, por más que haya quienes la niegan o intentan sepultar como al Estallido Social mediante el peyorativo término «octubrismo”. Es una ceguera que oscurece el camino, sin ver incluso la “doble fractura” comentada por Fernando Atria (fractura horizontal entre izquierda y derecha; fractura vertical entre élite y ciudadanía). ¿Cómo no se da cuenta este falso gurú de la cultura en Chile de su obtusa percepción y ubicación en el tinglado elitario del país? ¿No le parece raro que un supuesto «disidente» o «izquierdoso» como él se dice, tenga podio y apoyo del principal órgano conservador de la mentira en Chile (El Mercurio)? ¿Tanta es su ceguera que no repara en el púlpito que usa? Lo otro es suponer que más allá de su pose diletante, Warnken ha sido un cínico y lábil pez que ha sabido nadar entre los medios que son su caldo de cultivo: la secreta pecera empresarial que lo mantiene y para la cual lo cultural resulta ser una «sana» forma de indulgencia moral, una especie de amnistía social que le exime de culpa en la explotación y abuso, participando del ejercicio de la cultura estereotipada y financiada por compañías salmoneras, tabacaleras o mineras (que ensucian los pulmones de la tierra y los mares). Indigna ver a estos sacerdotes y apadrinados quienes, luego de recibir el dinero de las empresas que ensucian nuestras napas subterráneas y océanos, nos llaman a la conciencia de no despilfarrar agua en la ducha.

 

Warnken ha prosperado durante años en este sistema, medrando hasta obtener un estatus hoy en franco desgaste, aunque aún sostenido por directorios de empresas “amigas” que respaldan su cruzada moralizante, revestida de un republicanismo franciscano y puritano. Pero, ¿de dónde salió este camaleónico y refinado personaje? Algunos hacen notar su parentesco con el gran Enrique Lihn, pero a decir verdad no parece haber más relación que la civil, sin que haya heredado la profundidad ni el seso del insigne Poeta. Apenas le alcanzó para el bonachón estereotipo de intelectual televisivo, una genealogía de criterio amplio cuyo reparto incluye a Jerry Lewis, interpretado por Don Francisco; a Larry King (con suspensores) a cargo del incomparable Moscciati; a Jaime Bayly, estrambótico y fascista y al mismísimo Cristian Warnken y su acaso pronta reaparición estelar, profetizan algunos. Su trayectoria televisiva —con La belleza de pensar y sus sucesivas encarnaciones entre 1995 y 2015— consolidó una figura de “capellán-poeta-entrevistador”, financiada primero por tabacaleras y luego por BHP Billiton, una de las mayores mineras del mundo. La premisa subyacente: la cultura como espacio de purificación y sanitización moral. La brecha social y cultural que Warnken evidencia opera, en realidad, como un espejo de doble cara. Mientras ciertos disidentes “blindados” reciben aplausos y reconocimiento por su inofensiva disidencia, otros —los verdaderamente incómodos— enfrentan el abandono, la marginación y, en casos extremos, la violencia. No todos acceden a esa “disidencia protegida” amparada por la oligarquía empresarial, donde conviven figuras como Rafael Gumucio o Patricio Fernández. En la otra vereda quedan los malditos: Víctor Jara, Violeta Parra y tantos otros, cuyo reconocimiento llegó tarde, muchas veces solo después de la muerte, mediante homenajes (homenajicidios) que liman y neutralizan su aspereza original.

El solipsismo de Warnken consiste en asumir su propia experiencia como media universal, transformando sus columnas en el monólogo de un grupo social que se exhibe como referencia nacional. Desde esa insularidad, llega a verse a sí mismo como un disidente de izquierda acosado por un sistema capitalista que dice repudiar, pero del cual ha obtenido beneficios durante décadas. Aferrado a una nostalgia infantil por un pasado republicano idealizado, se recluye en un jardín bien amoblado desde el cual predica que “rebelarse vende”, sin advertir que esa retórica ya no convence. Hoy, Warnken aparece como un náufrago elegante y bien financiado, casi franciscano en las formas, pero sostenido por los altoparlantes del poder. Aislado en su isla simbólica, dialoga consigo mismo —como Wilson con el Náufrago en la película de Robert Zemeckis- mientras la élite amplifica su solipsismo hasta el hartazgo a través de El Mercurio, Copesa y la colusión mediática televisiva, radial y digital, confirmando que, en su caso, la disidencia no incomoda, sólo decora, indultando a sus alevosos proveedores y sostenedores. En tres palabras, convierte a la cultura en una «boleta ideológicamente falsa».

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